Boxeador golpeado.

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Tengo la sensación de que cuando el pasado miércoles los jugadores de Atlético de Madrid enfilaron el vestuario del Estadio Olímpico de Bakú tras empatar contra un desconocido equipo azerí, acababa de abrirse una grieta en el alma colchonera. Pequeña pero evidente. Sanable pero dolorosa. El equipo, sumido en esa especie de espesa melancolía que le acompaña desde el pasado verano y que atenaza las voluntades de los que salen vestidos de rojiblanco, no había sido capaz de reconocerse a sí mismo. Acabaron por hacerse realidad unas dudas que antes sólo parecían estar flotando. La afición, ampliada en número por los nuevos aires de grandeza pero aturdida por tener cambiadas todas las referencias históricas, empezó a desgarrase en varios frentes. Los que demandaban sangre y los que pedían prudencia. Los que trataban de abrigar el cuestionado corazón colchonero y los que habían estado esperando en la trinchera con el cuchillo entre los dientes para salir ahora de caza. Los que apelaban al espíritu de la historia reciente y los que preferían zambullirse en no sé qué concepto estandarizado y plastificado de grandeza. Decía el bueno de Joaquín Sabina que no hay peor nostalgia que añorar lo que nunca ha sucedido y qué razón tenía.

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