KINTSUGI

JAPO1

Hace poco más de seis años, coincidiendo con la primavera de 2014, el Atlético de Madrid acababa de ganar la Liga española. El equipo era un magnífico jarrón de cerámica japonesa al que solamente le faltaban algunos detalles para alcanzar el siguiente nivel. Diego Pablo Simeone, el alfarero, había construido un equipo con la misma colección de jugadores melancólicos que poco antes había estado haciendo el ridículo. No debía ser fácil, pero encontró esa columna vertebral de la que siempre hablaba Luis Aragonés: Courtois, Godín, Tiago y Diego Costa. Filipe Luis sacaba el balón y Arda Turan hacía magia. Pero no. Las extrañas motivaciones que suelen mover a eso que llamamos dirigencia pusieron el jarrón en el mercado en lugar de protegerlo. Y claro, lo destrozaron. Courtois, Filipe Luis y Diego Costa abandonaron el equipo ese verano. Tiago, colaborador necesario, a punto estuvo de hacerlo también.

La misma historia, por razones que nunca se explican, se ha venido repitiendo desde entonces y hasta hoy. Año tras año, a Simeone se le exige construir un jarrón de cerámica japonesa que sea tan impresionante como el primero, pero que sabe que se romperá doce meses después.

Cualquier persona informada —cualquiera que sea inmune a la “actualidad”—sabe que el Atleti rara vez invierte en fichajes. Lo que hace, con mejor o peor suerte, es tapar las fracturas deportiva que deja su original filosofía financiera. Mientras el Club cumplía objetivos, se cambiaba de estadio, duplicaba el presupuesto y daba beneficios, el alfarero reconstruía el jarrón cada año y absorbía en solitario los dardos que enemigos y quintacolumnistas le lanzaban por no pintar la Capilla Sixtina con lapiceros sin probar.

Centrémonos en el último ejercicio. La pasada primavera, cuando los aficionados soñábamos por enésima vez con reforzar el equipo, el jarrón volvió a romperse gracias a esa inexplicable (o no) política de cláusulas que tiene Club. Un joven y “comprometido” canterano decidió irse a Alemania. Godín terminó su contrato. El chico que parecía poder arreglar el histórico roto de Tiago/Gabi en el mediocentro, comprometidísimo también cuando llegó un año antes, decidió irse a lucir a Manchester sus hechuras de estudiante engreído. También se fue Griezmann. La estrella. El jugador al que el Club pagaba lo que no tenía y en torno al que habían construido el equipo. Como cada año, el plan no cambió. El inmenso agujero se intentó tapar con parte del dinero obtenido por las piezas rotas. Insisto, con una parte. La otra se reserva siempre para “asuntos propios”. La inversión neta en fichajes del Atlético de Madrid en los últimos diez años ha sido de 7,3 M€ por temporada (dato obtenido por el periodista Diego García Argorta con información de Transfermark). Ocupa la posición quincuagésimo primera en ese apartado, por detrás de potencias como el Cruz Azul, el Al-Ahli o el Queens Park Rangers.

Valorar la temporada del Atleti (y la labor de Simeone) sin tener en cuenta todo lo anterior sería rastrero y propio de gente que vive de vender lo mal que le va a los enemigos del que paga. Pero sería igualmente capcioso no valorar la temporada del Atleti ( y la labor de Simeone) por centrarse exclusivamente en lo anterior.

Mirándolo desde un punto de vista estrictamente administrativo, el Atleti, como Club, ha cumplido su objetivo. Tercero en Liga —más que eso sería un milagro y menos que eso sería un fracaso —y eliminado en cuartos de Champions, que seguramente sea una posición mayor que la que le corresponde por presupuesto. Desde un punto de vista deportivo, el análisis no es tan evidente, ni tan optimista.

Deportivamente, para mí, la temporada del Atleti ha sido mediocre. El equipo, salvo en varios de los partidos posteriores a la pandemia, rara vez ha sido dominador, efectivo, fiable, ha tenido personalidad, o ha jugado bien. Es así. Simeone empezó la temporada intentando evolucionar su sistema, pero no le salió, seguramente por la cantidad de fichajes nuevos que había. Los malos resultados, la presión y ese histerismo local tan insoportable que ha surgido con los éxitos, le hicieron recular. Creo que volvió a intentarlo tras los meses de parón, y el experimento pareció funcionar a nivel local (dato para ser optimista), pero en Europa hizo aguas porque allí van a otra velocidad.

Mi sensación es que lo que antes funcionaba ya no funciona. Y es normal, porque el fútbol es algo en constante evolución. Mi diagnóstico es que el fútbol del Atleti, vanguardista en muchas cosas hace pocos años, se ha quedado ligeramente desfasado. Ahora ya no vale exclusivamente con defender muy bien, porque eso no te hace destacar frente a tus rivales. Todos defienden ya muy bien. Ahora hay que defender muy bien y jugar el balón más rápido que ellos. Ahora la velocidad y la precisión son tan importantes como correr o ser intenso, porque correr y ser intenso es algo que ya hace cualquier buen equipo.

En Simeone está la posibilidad de reconstruir el jarrón. Sí, en Simeone. No se me ocurre otro que sea capaz de hacerlo sin morir en el intento. De hecho, el problema no lo veo ahí, sino en que no depende de él que los arreglos se sellen con polvo de oro y no con masilla barata comprada de oferta en el Leroy Merlin. Ya me entienden.

El Kintsugi es un arte japonés que hace que los jarrones rotos tengan más valor que los jarrones sin romper. Los nipones enaltecen la zona afectada entendiendo que es algo que ha sufrido un daño, que tiene historia y que por eso se ha vuelto hermoso. La cerámica no solamente queda reparada sino que es mucho más fuerte. En lugar de ocultar los defectos y las grietas, los japoneses las enseñan orgullosos, celebrando que constituyen la parte más fuerte de la pieza.

Hagamos Kintsugi con el Atlético de Madrid.