Boxeador golpeado.

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Tengo la sensación de que cuando el pasado miércoles los jugadores de Atlético de Madrid enfilaron el vestuario del Estadio Olímpico de Bakú tras empatar contra un desconocido equipo azerí, acababa de abrirse una grieta en el alma colchonera. Pequeña pero evidente. Sanable pero dolorosa. El equipo, sumido en esa especie de espesa melancolía que le acompaña desde el pasado verano y que atenaza las voluntades de los que salen vestidos de rojiblanco, no había sido capaz de reconocerse a sí mismo. Acabaron por hacerse realidad unas dudas que antes sólo parecían estar flotando. La afición, ampliada en número por los nuevos aires de grandeza pero aturdida por tener cambiadas todas las referencias históricas, empezó a desgarrase en varios frentes. Los que demandaban sangre y los que pedían prudencia. Los que trataban de abrigar el cuestionado corazón colchonero y los que habían estado esperando en la trinchera con el cuchillo entre los dientes para salir ahora de caza. Los que apelaban al espíritu de la historia reciente y los que preferían zambullirse en no sé qué concepto estandarizado y plastificado de grandeza. Decía el bueno de Joaquín Sabina que no hay peor nostalgia que añorar lo que nunca ha sucedido y qué razón tenía.

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Lo que sabemos hacer bien.

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Cuando Maurice y Dick MacDonalds decidieron en los años 50 inventarse el concepto de restaurante que cambiaría el mundo, lo hicieron bajo una premisa muy simple: hagamos mejor y más rápido lo que ya sabemos hacer bien. Décadas después, en el Atleti, llevamos varios años disfrutando de la élite del fútbol con un planteamiento muy parecido. Potenciando puntos fuertes y olvidándonos de supuestos productos gourmet que en realidad no existen. Funciona. Siempre habrá recién llegados que, aturdidos por el olor a glamour de garrafón, reclamen con cierta insolencia la ampliación del menú a esos platos aparentemente sofisticados que ven en el Teletienda, pero tarde o temprano aprenderán que les están vendiendo placebo. El crecepelo no funciona.

Tenía mucho miedo al partido de ayer contra el FC Barcelona pero reconozco que volví a casa, si no contento, al menos muy cerca de alguna de sus variedades. Tenía muchas dudas respecto a lo deportivo pero también sobre lo emocional. El ambiente estaba tan cargado políticamente en los días previos que me temía lo peor. La afición del Atleti volvió a darme una lección. Otra. Alguien debería llevar la cuenta. Lejos de mítines extemporáneos o de alimentar un clima de rencor que seguramente hubiese afectado (para mal) a los jugadores en el césped, la afición colchonera se dedicó básicamente a animar a su equipo. Sí, la densidad de banderas españolas estaba por encima de lo que era normal y sí, el tema estaba flotando en el ambiente pero salvo algún energúmeno puntual, escondido en la grada, o un par de anécdotas matizables (la más significativa las recurrentes pitadas a Piqué) el respeto fue casi exquisito. Más que en muchas otras ocasiones consideradas “normales”. Algo que, sinceramente, me hizo sentirme orgulloso. Es más, asistí a escenas inéditas como la de ver una Senyera (constitucional, lógicamente) ondeando en el Fondo Sur. Impensable en otros tiempos. Siempre habrá quién quiera rebañar en el saco del odio para encontrar carnaza (he mirado de refilón alguna publicación catalana y veo que las ganas de hacer daño nunca terminan) pero es imposible razonar con el que vive de chapotear en el enfrentamiento.

Hablando de fútbol, creo que el empate es un resultado justo. La primera parte del Atleti fue particularmente buena. Venía de dos partidos que habían socavado los cimientos de la confianza y era importante no ahondar en ese camino. Los de Simeone volvieron a tirar de orgullo y rigor táctico para equilibrar las diferencias y competir contra todo un FC Barcelona. El rival era el más difícil posible (un equipo en racha que rara vez te deja el balón) pero el Atleti supo adaptarse. A diferencia de otras veces, los rojiblancos tuvieron mucha inteligencia con el balón en los pies y eso les hizo superar al rival en varios tramos de una primera parte en la que creo que fueron mejores. El rigor defensivo habitual maniataba las ocasiones del club blaugrana pero las veces que el equipo conseguía salvar la brutal línea de presión adelantada de los de Valverde, aparecía además una clara ocasión del gol. Griezmann pudo abrir el marcador en una gran jugada pero Ter Stegen volvió a demostrar lo gran portero que es. Hubo otras situaciones peligrosas pero tuvo que ser ese portento de la naturaleza llamado Saúl el que abriese el marcador. Encarando la frontal del área con poderío y poniendo el balón junto al palo.

La segunda parte fue otra cosa. El Barça metió un punto más de velocidad y el Atleti empezó, poco a poco, a acusar el cansancio. Simeone trató de equilibrar el equipo pero tenemos lo que tenemos. La mala gestión de la dirigencia y la resolución del TAS nos ha dejado en una situación precaria que reluce más de la cuenta en días como el de ayer. Es así. Podemos seguir lamentándonos de nuestra “suerte” o apretar los dientes y mirar hacia delante. Simeone, afortunadamente, es de los segundos y eso es lo que nos salva. Hay algún rapsoda que, escondido entre la masa, decía sin rubor que el Atleti se echó atrás cuando debería haberse puesto a imitar a la selección brasileña de los 70. Bueno, también hay gente que sigue creyendo que la tierra es plana. Prefiero hablar de cosas serias. El Atleti no se echó atrás sino que lo echaron atrás. Donde antes una triangulación salvaba la presión del rival ahora las fuerzas no acompañaban y eran incapaces de sacar el balón jugado. Los de arriba, agotados, ya no tiraban el desmarque y los del medio, agotados, ya no tenían la frescura de armar la contra.

El pasado verano, gracias al destino, Gaitán, Vietto y Gameiro recibieron una oportunidad que no merecían. Ninguno de los tres la ha aprovechado. La entrada de Gaitán fue ayer una mera anécdota. No hizo nada. Así, en genérico y en particular. Vietto estaba en la grada después de demostrar varias veces a lo largo de la temporada que el Atleti le viene grande. Gameiro, que antepuso sus vacaciones a su operación en un gesto controvertido, correteaba por la banda de calentamiento con cara de aturdido. Ha jugado poco pero casi mejor que haya sido así. No creo que Simeone sea un entrenador que deje en el banquillo a un jugador aprovechable. Su no presencia en el campo se justifica básicamente en un estado de forma deplorable y en una actitud impropia de esa plantilla.

El gol del Barça se veía venir pero la desgracia hizo que llegase justo cuando pensábamos que la victoria estaba cerca. Un excelente remate de un excelente jugador, Luis Suarez, que volvió a compensar su inmenso talento con inmensa estupidez. Celebrando el gol como sólo un niño arrogante y malcriado lo hace. Algo que no creo que deje de ocurrir mientras en su casa (junto a los vendedores de camisetas) le justifiquen y rían las gracias. El empate era justo pero nadie se hubiese sorprendido si el Barça hubiese terminado llevándose los tres puntos en el último minuto.

Doy por bueno el empate. Todo lo que sea llegar a enero vivos e indemnes será un gran éxito del equipo (o del entrenador, que es como decir lo mismo). Tenemos lo que tenemos y hasta entonces no habrá más pero tampoco menos. Seamos justos. Seamos serios. Apretemos las filas, tengamos paciencia y encaremos con optimismo el siguiente partido. Hagamos bien lo que sabemos hacer bien. Entre otras cosas porque no podemos hacer otra cosa.

@enniosotanaz

Grietas

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Creo que es bueno ser crítico y exigente en la vida. Lo creo de verdad y espero que no piensen que lo digo de forma irónica después de leer el texto. El problema es que noto un problema de precisión en la definición de esos conceptos entre algunos aficionados al Atleti. Se confunde la crítica con el insulto y la exigencia con el reproche.

El Atlético de Madrid no está bien. El último empate cosechado en el estadio de Butarque nos dejó una imagen preocupante del equipo. Más allá de un resultado que no puede considerarse más que negativo, la plantilla da muestras de cansancio, melancolía y falta de ideas. Sería un iluso si pretendiese explicar las razones de un diagnóstico que no tengo muy claro, pero es evidente que hay varios factores que, sin duda, tienen que afectar. Por ejemplo la gestión lamentable de las categorías inferiores (primero) y de los recursos jurídicos (después) por parte de nuestra dirigencia. La famosa decisión del TAS ha obligado no sólo a extender varios meses las carencias que ya arrastraba el equipo el año pasado sino que también ha tensionado una plantilla que, consciente de la situación, sabe que en enero habrá “movida”. Curiosamente no he escuchado en la prensa especializada (ni por ende en la grada del Metropolitano) una sola crítica a los responsables de esta situación.

Lo que sí escucho, en la grada y en twitter, cada vez que el equipo no gana, son los reproches histéricos de un buen puñado de aficionados hacia todo lo que se mueve en el campo. Y sí, sé que probablemente no sean mayoría (no lo sé) pero desde luego son muy molestos. La sopa de exabruptos que mi vecino de grada soltó el día del Chelsea contra Griezmann (o Koke) fue, aparte de injusta, insoportable desde el punto de vista de la convivencia. Piensen que no deja de ser un tipo insultando, a gritos y a escasos centímetros de mi oído, a un jugador de mi equipo.

Desgraciadamente no es un hecho aislado. La retahíla de mensajes infectados en odio contra jugadores y entrenador (y hasta contra mí) cada vez que perdemos (o empatamos un partido), crece con cada partido. Y no estoy hablando de los debates lícitos que puedan surgir sobre la alineación, el estado de forma de determinado jugador o el supuesto error de Simeone en un planteamiento. No. Hablo de reproches, de insultos demagogos y de rencor gratuito. Hablo de gente que, porque la pelotita no ha entrado, se cuestiona, de malas maneras, el compromiso de unos jugadores que nos han llevado a la luna y que salen exhaustos del campo. Que cuestionan, de malas maneras, la capacidad técnica de un entrenador que ha cambiado la historia de nuestro club para colocarlo en una élite en la que no deberíamos estar si nos atenemos a los números económicos. Como si una derrota puntual, por muy dolorosa que sea, no pudiese justificarse sin que alguien acabe sacrificado.

Si como afición no somos capaces de diferenciar la crítica del insulto, el deseo de la obligación o la actitud del resultado, es que somos una afición enferma. Enferma de ese nuevo virus de la inmediatez, inoculado por las cifras comerciales del fútbol moderno, y que durante años hemos visto actuar en algunos de nuestros rivales. ¿Es eso lo que queremos?

Durante años me he sentido orgulloso de ser aficionado de este equipo, entre otras cosas, por cómo éramos capaces de gestionar la derrota. No porque nos guste perder o disfrutemos en la desgracia, como más de un imbécil profesional pretende hacernos creer, sino porque nunca la hemos rehuido. A diferencia de los constructores de galaxias ficticias, hemos sido siempre conscientes de la Ley de la Gravedad y de que la derrota es una posibilidad real. Humana. Por eso nunca hemos exigido a nuestros jugadores que ganen algo que depende de un millón de factores sino que mueran por hacerlo. Es muy distinto.

En uno de los momentos más críticos de la historia del Atlético de Madrid, con todos los símbolos históricos puestos en entredicho gracias a que los dirigentes del barco así lo han querido, con veinte mil nuevas almas que vienen a sumarse al espectáculo sin una referencia sólida del pasado a la que poder agarrarse durante la travesía y con un estadio repleto de posibilidades pero vacío de personalidad, no podemos ser nosotros, los aficionados, los que abran una grieta tan absurda en el casco del barco colchonero.

No, por favor. Cuenten hasta diez. Guárdense el histerismo para discutir con su cuñado. Intenten enfocar la realidad desde una perspectiva personal y no desde los boletines de noticias de unos tipos que viven para que haya ruido. Compren un diccionario de sinónimos para evitar ciertas expresiones desagradables y traten de disfrutar de las imperfecciones de una realidad que nunca, para nadie, es perfecta. Oye, y si ven que no pueden hacerlo reflexionen sobre si se han equivocado de equipo porque podría ser. No hay problema. Existen otras opciones mucho más sencillas a su disposición.

@enniosotanaz

 

(Foto de Ennio Sotanaz)

 

Rubicón

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Me gustaba mucho más buscar discos de grupos independientes en una tienda perdida de una calle de mala muerte que hacerlo en Spotify desde la cama. Me gustaba Malasaña cuando ir a La Vía Láctea por la noche era prácticamente jugarse la vida. Prefiero los cines de barrio a las salas, cómodas e inmensas, de los centros comerciales. Siempre pensé que jamás necesitaría un teléfono móvil y nunca he sentido la necesidad de marcharme del Vicente Calderón. Nunca. Es más, tengo claro que, igual que me ocurre con otras muchas cosas que construyen los pilares de mi personalidad, cualquier cosa que venga después, para mí, será siempre peor.

Teniendo meridianamente claro todo lo anterior, la cuestión es saber cuánta gente piensa como yo. Si tengo que fiarme por las tiendas de discos que quedan, lo bonito y seguro que está Malasaña, que muchas personas no saben lo que eran los cines de barrio o echándole un vistazo a mi móvil, me doy cuenta de que el mundo va en una dirección contraria a la que me a mí me gustaría ir. Es obvio. ¿Es eso malo? No lo sé. ¿Debería renunciar a escuchar música en Spotify, ir a Malasaña, ir al cine, o usar Twitter en mi teléfono? No lo tengo tan claro.

Ayer fue un día raro. Esa es la sensación que abrigaba mi cuerpo cuando en torno a la media noche me derrumbé en el sofá de mi casa y empezó a sedimentar todo lo que había vivido. La rutilante aparición del Wanda Metropolitano en nuestras vidas ha supuesto una patada en el trasero que nos ha sacado de eso que los psicólogos denominan Zona de Confort. Es obvio. Es inevitable. Fuese algo esperado o temido, deseado u odiado, alegre o triste, estamos todos ahí. Y estamos todos igual. Perdidos. Completamente desubicados, que es como se nos vio ayer.

Cualquiera que alguna vez se haya cambiado de casa sabe lo que es eso. La casa de tus padres será siempre “tu casa” pero eso no significa que no puedas ser feliz en otro lugar. Tampoco que lo vayas a ser. Cada casa tiene su propia personalidad y es inútil tratar de reproducirlas, imitarlas o trasplantarlas. Inútil e imposible.

La primera vez que acudí al Vicente Calderón fui con mi padre. Fue él el que me lo enseñó. Cada rincón. Cada leyenda. Cada sabor. Cuando me senté en mi asiento tenía la sensación de ser un invitado. Todos a mi alrededor sabían perfectamente dónde estaban. Todos parecían seguros y todos sabían lo que tenían que hacer. Es muy probable que todos los que hemos vivido en el Calderón (salvo aquellos pioneros) llegásemos allí de la misma forma. De la mano de otra persona. Recogiendo un testigo infectado de sentimiento colchonero que después nosotros mismos hemos pasado a otras personas. Llegamos a formar parte de un espíritu que ya estaba en el Calderón cuando nosotros aparecimos.

Ayer fue completamente diferente. Todos éramos nuevos y eso se notaba. No había nadie para enseñarnos el espíritu del nuevo Metropolitano porque me temo que ese espíritu está todavía por construir. Todos teníamos que hacer las fotos del recién llegado. Todos teníamos la boca abierta y nadie había visto su sitio antes. No había veteranos. No había referencias. No nos conocíamos a pesar de ser viejos compañeros. El Vicente Calderón era una suma infinita de pequeñas sinergias que construían ese todo tan espectacular. Sinergias vinculadas a tu vecino de asiento de toda la vida. Al cemento. A las escaleras. A tu padre. Al barrio. Al bar de enfrente. A la acústica. A lo que veíamos unos y otros. Todo eso ya no existe. Pero existirá. Diferente pero existirá. Seguro. Lo que no creo es que se construya tan rápido como algunos esperan. Es muy difícil construir una personalidad en tan poco tiempo. Es mucho más difícil que construir un estadio.

Nos tendrán que ayudar desde la gerencia, eso sí. No tiene sentido poner un speaker que hable más alto que todos nosotros juntos. Especialmente cuando encima es tan pesado. No tiene sentido poner una música atronadora que apague el volumen de setenta mil personas cantando el himno del Atleti. Si eso ocurre muy a menudo dejaremos de cantar el himno el Atleti. Así de simple. El Wanda Metropolitano es muy grande y no se llena únicamente con los cánticos feroces del Fondo Sur. No es una cuestión de acústica sino de espacio. Ahora hace falta algo más. Ya lo hemos visto. También hemos visto que hay veinte mil personas nuevas que no saben lo que tienen que hacer. Enseñémosles a partir del próximo día, cuando ya no tengamos que preocuparnos por hacer fotos.

Desde el punto de vista técnico el estadio es impresionante. Sin peros. Moderno, cómodo, bonito y espectacular. Es absurdo, e injusto, compararlo en este sentido con el Vicente Calderón porque estaríamos comparando dos universos diferentes. Las mejoras en espacio, acceso, seguridad, comodidad, megafonía y estética visual son más que apreciables. Lo serán todavía más en los días de lluvia o cuando esté todo terminado.

El Atleti ha cruzado el Rubicón y ya no hay vuelta atrás. El que no lo quiera ver se quedará rezagado. La institución ha decidido apostar por ser un club moderno con todo lo que eso implica. Para bien y para mal. ¿Hacía donde nos llevará eso? No lo sé. ¿Dónde me quedo yo en toda esta historia? Tampoco lo sé. Veremos. Lo cierto es que yo jamás piso un centro comercial pero sí tengo una cuenta de Spotify.

@enniosotanaz

Tiempo al tiempo.

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El día que salió el calendario de la temporada 2017-2018 pensé que la vuelta al cole iba a ser bastante más dura para el Atlético de Madrid de lo que ha sido. Allá por el mes de mayo, gracias a la despedida nostálgica del eterno Vicente Calderón y un último tramo de la liga más que prometedor, las expectativas para el nuevo curso eran bastante positivas pero la situación fue muy diferente pocas semanas después . Habíamos pasado por el verano del horror.

Creo que es difícil gestionar peor este periodo de transición que, en teoría, está sufriendo el conjunto rojiblanco. El cúmulo de chapuzas, falta de empatía con el aficionado y tramos oscuros excede lo humanamente soportable. A ese controvertido episodio que durante una década ha supuesto el traslado del estadio, un culebrón cargado de dudas, preguntas sin resolver, desafección con el aficionado e incertidumbre, le ha seguido toda una ristra de malas decisiones. Un cuestionado (y cuestionable) cambio de escudo realizado con nocturnidad y pocas explicaciones. Una sanción del TAS, consecuencia de una mala gestión de las categorías inferiores (y peor gestión de los recursos jurídicos), que destrozó de un plumazo la planificación deportiva, precisamente en un momento en el que parecía ser más necesaria que nunca. Un vergonzoso vodevil de tintes caricaturescos (al filo de la legalidad) en torno al fichaje de Vitolo. Una camiseta rojiblanca tan sumamente horrible que su venta (y compra) debería estar penada por el código civil (en serio, no puedo con ella). Un traslado apresurado al nuevo estadio (creo que sin necesidad) cargado de rumores y que ha condicionado (para mal) el calendario. Esa Soap Opera que se está escribiendo todavía en torno a la figura de Diego Costa, que está desquiciando a periodistas y aficionados y cuyo final está todavía por decidir. Y, por qué no, ese último episodio de la placas parlantes tan ridículo como evitable.

Cuando vimos que tendríamos que disputar los tres primeros partidos de Liga en campo visitante y con este panorama, mis sensaciones fueron malas. Las carencias del equipo iban a seguir siendo las las mismas: falta de gol, falta de creación en los tres cuartos y un centro del campo que se hace muy mayor pero además teníamos ese ambiente viciado alrededor. Todo pareció confirmarse en la primera parte del debut ligero contra el Girona. Un esperpento de partido en el que el recién ascendido equipo catalán pasó por encima de uno de los mejores equipos de Europa. No salía nada. No había velocidad, no había ideas, no había intensidad y, para colmo, el bueno de Griezmann decidió ejercer de superestrella mediática (algo que al parecer le seduce cada vez más) y se auto expulsó. La imagen del equipo fue terrible en ese tramo.

Pero fue justo en ese momento, con diez jugadores en el campo, cuando volvió el Atleti de Simeone. Apareció Thomas (cuando nadie lo esperaba), apareció Correa (cuando nadie lo esperaba), apareció Koke, apareció Saúl y el equipo volvió a reinventarse. A resurgir. Por enésima vez. Se arregló la papeleta sacando un empate que parecía imposible y siete días después se destrozo a la Unión Deportiva Las Palmas con buen juego, muchos goles y el inesperado protagonismo de los más jóvenes del equipo.

Ayer, en el partido más complicado de los tres, frente a un Valencia en modo resurgimiento y confeccionado por ese gran artesano del fútbol que es Marcelino, el Atleti volvió a ser el Atleti. Hizo un buen partido en Mestalla. Los primeros diez minutos, de hecho, son de lo mejor que yo he visto jugando al equipo fuera de casa. Después se igualaron las fuerzas y tanto las crónicas como las sensaciones de la mayoría de espectadores dejan la idea de que el resultado, ese empate a cero final, fue justo.

He vivido partidos así antes. Partidos ajustados, tácticos, de poder a poder y con pocas ocasiones. Esos partidos los suele ganar el que tiene un delantero que marca la diferencia o un equipo con instinto asesino. El Valencia no lo tiene. El Atleti tampoco. El Atleti tuvo las dos cosas (delantero e instinto) pero ya no lo tiene. No lo tuvo tampoco la campaña anterior (ni la anterior). El partido fue igualado, sí, pero analicemos las ocasiones de cada uno. Las del equipo levantino fueron apenas dos remates de cabeza que ni siquiera inquietaron a Oblak. Las del Atleti, que yo recuerde, fueron un remate mordido de Correa que logró sacar el portero valencianista corrigiendo su mano sobre la marcha, una llegada de Carrasco, que en lugar de tirar prefirió seguir regateando a la sombra y los segundos apellidos de sus rivales, una de Vietto (la más clara) que con todo a favor decidió patear por encima del larguero en lugar de hacerlo por debajo (meter o no meter esas jugadas es lo que distingue a los delanteros de elite), un buen disparo de Gaitán que volvió a sacar el portero y algunas decisiones erroneas de Torres o Gameiro que desperdiciaron varios contrataques que debieron acabar con algo más de peligro. Cualquiera de todas esas ocasiones pudo ser gol pero no lo fue. Cualquiera de esas ocasiones hubiese sido gol en tiempos donde llegábamos dos veces y metíamos tres goles pero esos tiempos ya no están.

Pero soy optimista. Tengo fe en Simeone y me rodea una agradable sensación de haber solventado un tramo especialmente complicado. Todo puede ir a mejor a partir de ahora. Volvemos a jugar en casa (que tiene muy buena pinta), vuelve Griezmann, falta ver en qué queda la recuperación de Augusto y parece que los jóvenes (Lucas, Thomas y Correa) ya no son parches para salvar los muebles sino que están para pelear la titularidad.

Tiempo al tiempo. Partido a partido.

@enniosotanaz

 

(Foto de http://www.clubatleticodemadrid.com)